La fiebre amarilla se disemina por América Latina

La única forma de contener la enfermedad es a través de la vacunación (imagen: wikimedia )

La fiebre amarilla se disemina por América Latina

La fiebre amarilla ya llegó a Bolivia, Perú y Colombia. La confirmación proviene de la Organización Panamericana de la Salud (OPAS), que ya había alertado sobre la posibilidad de que la enfermedad atravesara la frontera brasileña hacia los países vecinos, en especial hacia aquellos que poseen ecosistemas similares. Esto se debe a que los monos son hospedadores del virus de la fiebre amarilla silvestre, que es transmitida a los humanos a través del mosquito Haemagogus, que habita en los bosques. Por lo tanto, las fronteras que poseen el mismo tipo de ecosistema favorecen la movilidad del mosquito.

Brasil está sufriendo un brote de fiebre amarilla, con cifras muy superiores a las que suelen registrarse en ciclos de siete años. Ya se han confirmado 295 casos de la enfermedad en el país, con 101 decesos. En total, se notificaron 1.345 casos con sospecha de fiebre amarilla. El gobierno brasileño y la Organización Mundial de la Salud (OMS) temen que la fiebre amarilla alcance las grandes ciudades y pase a transmitirse a través del mosquito Aedes aegypti. Los grandes centros urbanos siguen estando infectados por este mosquito, que también transmite enfermedades tales como el dengue, zika y Chikungunya.

Gran parte de la reciente atención mundial sobre los virus transmitidos por mosquitos ha sido en Brasil, particularmente durante los mega eventos de la Copa Mundial de la FIFA 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016, cuando, respectivamente, el dengue y el zika, en particular fueron considerados amenazas para los visitantes. Ahora la propagación del virus a los países vecinos nos obliga no sólo a limitar la propagación, sino también a preguntar las causas por las cuales está sucediendo.

En las últimas décadas, expertos en salud  de otras partes del mundo han observado cambios en la distribución de los virus transmitidos por mosquitos, como el chikungunya, el zika y el dengue. En Australia, por ejemplo, el aumento de la frecuencia de las epidemias de dengue en el Queensland tropical desde principios de los años noventa y la aparición de encefalitis japonesa en las islas del Estrecho de Torres en 1995 atrajeron un considerable interés local.

Cada vez que un virus transmitido por mosquitos se produce en un nuevo escenario o aumenta su frecuencia se generan especulaciones que asocian al cambio climático como causa probable. Esto se debe a que hay asociaciones bien conocidas entre el clima y la biología y la ecología del mosquito vector, y el clima sin duda tiene otros impactos, que pueden alterar el riesgo de infección humana.

El trabajo seminal del fallecido epidemiólogo australiano Tony McMichael y de muchos otros investigadores y practicantes ha generado un aumento de la conciencia global sobre los impactos del cambio climático en la salud humana. La publicación en 2015 del informe de la Comisión Lancet sobre la salud y el cambio climático atrajo aún más la atención sobre el tema, considerando que representa la “mayor oportunidad global de salud del siglo XXI”. Las organizaciones médicas de todo el mundo, incluyendo la Asociación Médica Británica y el Colegio Real de Médicos de Australia, reconocieron  la importancia del cambio climático tanto  como una amenaza como una oportunidad para la mejora y protección de la salud.

Esto nos da una razón para preguntarnos  si los cambios en el clima a nivel global son una causa, o incluso la razón primaria de los dramáticos cambios en la ecología y la epidemiología de las enfermedades transmitidas por mosquitos observadas en las últimas décadas – incluyendo el reciente brote de fiebre amarilla en Brasil. Esta es una pregunta enormemente difícil de responder, y tal vez ni siquiera es la pregunta más importante.

Los estudios observacionales sobre una variedad de virus transmitidos por mosquitos han demostrado repetidamente que los cambios en las precipitaciones, la temperatura y los factores biológicos importantes para la transmisión tienen asociaciones con la distribución de las enfermedades humanas. Por lo tanto, no es plausible que se produzcan cambios en el clima mundial sin causar cambios asociados en la epidemiología de las enfermedades transmitidas por mosquitos.

Sin embargo, otros factores, como el desmonte de tierras y la disponibilidad de una vacuna (en el caso de la fiebre amarilla), tienen un impacto significativo en la determinación de los casos de enfermedad. Para cada enfermedad y en cada situación epidemiológica, un conjunto diferente de factores físicos y bióticos afecta la frecuencia de la enfermedad. Estos pueden incluir, por ejemplo, viajes humanos como determinante de la incidencia del dengue, y número y distribución de canguros, como es el caso del virus australiano del río Ross.

Estos factores, junto a las dificultades prácticas para medir tanto la incidencia de la enfermedad como los parámetros climáticos, dificultan la determinación del nivel de importancia del cambio climático en el cambio de la incidencia de enfermedades transmitidas por vectores. Indudablemente, el cambio climático es  un factor que modifica la epidemiología de las enfermedades, pero cuantificar el impacto no es sencillo. Otros factores incluyen el desmonte de tierras y la urbanización. Para la salud, al igual que con otros temas como la economía y la seguridad, debemos seguir actuando juntos, a nivel mundial, para reducir las emisiones y limitar el calentamiento del planeta y también para responder a los efectos del cambio climático en nuestra sociedad.

Exhortando al ingenio humano para responder al desafío del cambio climático, el fallecido profesor Tony McMichael escribió en su último libro, publicado póstumamente, “El cambio climático y la salud de las naciones“: “Como nunca antes, nuestras especies están siendo probadas colectiva y globalmente“. McMichael también señaló el trabajo de Alfred Russell Wallace, predecesor de Darwin en el naturalismo y evolucionismo contemporáneo, escribió a la luz de sus experiencias, a menudo desgarradoras en la Amazonía, “es la lucha por la existencia … la que ejerce las facultades morales y pone en juego las chispas latentes del genio“.

“Si aprendemos del pasado, comprendemos el presente e imaginamos un futuro mejor y más sostenible, todavía podremos evocar tales chispas para encender la acción correctiva e iluminar el camino a una forma de vida sostenible en un planeta finito”, escribió McMichael.

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