Guerra fiscal asusta a ambientalistas en Brasil

El conflicto entre los EEUU y China aumenta la demanda de soja brasileña y podría provocar deforestación

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Guerra fiscal

imagen: Richard Walker

Durante años, Arnaldo Carneiro, director de la ONG Global Canopy trabajó en una gran estrategia para contener la deforestación en Brasil.

A través de estudios e investigaciones, Carneiro les demostraba a los importadores de soja brasileña que ellos eran responsables por la degradación del medio ambiente y luego les rogaba que solo les compraran a productores rurales que pudieran garantizar deforestación cero.

A pesar de que la estrategia tuvo un impacto limitado, en Europa siempre se le prestó más atención. En 2015, siete países europeos firmaron la Declaración de Ámsterdam en la que se comprometían a apoyar iniciativas del sector privado contra la deforestación en sus cadenas productivas.

“Europa es un mercado un poco más consciente”, afirma Carneiro,. “[Ellos están] preocupados por los impactos que generan en la punta [de la cadena de suministro].”

Pero la estrategia de Carneiro acaba de sufrir un duro golpe: la guerra fiscal que vienen librando China y los Estados Unidos.

El impacto del comercio internacional

Las dos economías más grandes del mundo empezaron en marzo a imponer tarifas en una serie de productos importados. China se enfocó en los porotos de soja de Estados Unidos, un commodity muy negociado, estableciendo tarifas de 25%. Desde ese momento, la demanda por soja brasilera se ha incrementado.

La guerra comercial empezó un juego de la silla entre los productores y los compradores de soja. Esto podría cambiar significativamente la manera en la que los mercados internacionales empujan por una menor deforestación en Brasil

Los compradores chinos se han volcado a Brasil para evitar las altas tarifas impuestas en los productos de Estados Unidos. Mientras tanto, los comerciantes europeos se han volcado a Estados Unidos por la caida de los precios de los porotos de soja, los cuales inundaron el mercado luego de perder a los consumidores chinos.

Históricamente China absorbía aproximadamente un tercio de la producción de soja de Estados Unidos. La población china, cuyo poder adquisitivo viene aumentando cada vez más, demanda alimentos de mejor calidad y la soja es una parte importante de la ecuación para dar abasto a la demanda. Se necesita para alimentar cerdos en las estancias chinas.

En junio de este año, un 37% de la soja que importaron los europeos vino de Estados Unidos, un aumento explosivo frente al 9% que se había registrado el año pasado. Mientras tanto, en Brasil el volumen de soja que se exporta hacia China ya creció un 10% en comparación con el de 2017. La demanda fue tan alta que las acciones brasileñas han experimentado una reducción considerable.

El resultado es una tendencia hacia una concentración todavía mayor en el mercado comprador de soja brasileña de China, donde las empresas se preocupan menos por las consecuencias ambientales que pueda originar su demanda y donde la estrategia de Carneiro tiene menos poder de fuego.

“En China existe una gran preocupación por la seguridad alimentaria de su población”, explica Carneiro que tiene comunicación fluida con las empresas chinas sobre el compromiso contra la deforestación. “Se preocupan mucho menos por los problemas ambientales de otros países. Lo que ellos no quieren es verse involucrados con ningún ilícito”.

Porque, al final de cuentas, la deforestación de vegetación natural no es necesariamente ilegal. Según el Instituto de Manejo y Certificación Forestal y Agrícola (en su sigla portuguesa, Imaflora), en Brasil hay 103 millones de hectáreas de vegetación natural desprotegida, es decir, que podrían ser deforestadas en forma legal.

Carneiro hace un esfuerzo para convencer a los compradores europeos de no deforestar lo que el gobierno brasileño considera legal. Pero con los chinos es diferente.

“Los europeos quieren que se les entreguen los commodities con deforestación cero”, explica André Nassar, presidente de la Asociación Brasileña de Industrias de Aceites Vegetales (Abiove, en su sigla portuguesa), que incluye empresarios importantes como Bunge y Cargill. “El chino no nos va a exigir más de lo que les estamos entregando”.

Para los ambientalistas brasileños, la diferencia del estándar es preocupante, pero existen organizaciones que están luchando para cambiar esta situación. Rose Niu, a cargo del área de conservación del Paulson Institute, de Washington, reconoce que existe una diferencia entre los estándares europeos y los chinos, pero afirma que se están esforzando para transformar esta realidad.

“Durante los últimos tres años, varias organizaciones, entre las cuales se incluye nuestro instituto, venimos trabajando con traders de soja para que China adopte requisitos ambientales más rígidos al comerciar con países de América del Sur,” dijo Niu vía correo electrónico. “Espero que en un futuro cercano los traders chinos hagan un trabajo tan bueno como el que hacen los europeos”.

La demanda presiona hacia la expansión de la producción

La guerra también estimuló a los productores brasileños a aumentar la producción para absorber lo más posible el exceso de demanda. Y esta presión podría dar como resultado una mayor deforestación. Porque, al final de cuentas, es muy probable que la producción también aumente debido a la expansión de la superficie sembrada.

Brasil está a punto de arrebatarle el primer lugar mundial como productor de soja a Estados Unidos. Son 33 millones de hectáreas, que equivalen a la superficie total de Malasia, en plantaciones de soja, casi el triple de lo que había dos décadas atrás. Pero Brasil no es el único país de la región que está siendo presionado para aumentar la producción. Argentina y Paraguay también son grandes productores de soja. En 2016, la producción de los tres países sumada equivalía a casi la mitad de la soja que se consumía en todo el mundo.

Pedro Henriques Pereira, asesor en inteligencia comercial de la Confederación de Agricultura y Ganadería de Brasil (CNA), ya percibió que hay mucho movimiento en el mercado para expandir la producción de soja. Sin embargo, la confederación viene recomendándole cautela a los productores que, con la mira puesta en la demanda china, quieren invertir.

“Todo este movimiento genera bastante incertidumbre. Va a generar un aumento en el corto plazo, pero en el mediano y largo plazo existen riesgos de que vaya a haber otro tipo de movimiento y de que el productor acabe teniéndose que quedar con un montón de soja”, afirma Pereira.

Pereira prevé que la superficie sembrada no va a aumentar de un modo tan significativo, en alrededor de un 4%. Pero el mercado da señales de un crecimiento mayor. Por ejemplo, la empresa SLC Agrícola, una de las gigantes del sector en Brasil, anunció que aumentará en un 7% la superficie sembrada con soja para la próxima cosecha.

“Nuestro gran temor es que vayamos a crear una demanda tan superior en un corto plazo que puede ocasionar deforestación y conversión de la vegetación natural”, afirma Edgar de Oliveira Rosa, Coordinador del Programa Agricultura y Alimentos del WWF-Brasil.

Una gran parte del Amazonas está protegida de esa voracidad porque posee una mayor cantidad de superficies sembradas. Desde el 2006, productores y activistas ambientales firmaron un pacto denominado Moratoria de la Soja que impide que la selva tropical sea deforestada para producir soja.

El peligro se concentra en la llamada Región del Cerrado, una especie de sábana inmensamente rica en biodiversidad y esencial para el equilibrio del ecosistema brasileño. La expansión de la soja incrementa su concentración justamente en el bioma. Desde la década de 1970, el Cerrado ya perdió casi la mitad de su vegetación natural debido a la expansión agrícola y de pastoreo.

Según datos obtenidos por Trase, una plataforma global que monitorea datos de la cadena productiva de commodities, se estima que, solo en el Cerrado, 3,5 millones de hectáreas sembradas con soja hace 15 años eran de vegetación nativa.

El bioma del Cerrado (imagen: Terpischores)

Las tierras del Cerrado son ostensiblemente más baratas que las de otras regiones donde la industria de la soja está más consolidada como, por ejemplo, la región sur de Brasil. Eso significa que la siembra de soja en sí no es lo único que preocupa a los ambientalistas, sino también la especulación inmobiliaria sobre las grandes propiedades rurales.

Al percibir que el mercado se está expandiendo, es probable que los propietarios de la tierra de la región quieran deforestar sus propiedades y las dejen listas para la explotación agrícola para venderlas por un precio más alto.

Según Carneiro, se podría ampliar la productividad e inclusive la superficie sembrada solo en terrenos ya degradados sin necesidad de deforestarlos. Sin embargo, el peligro continúa. “Ellos deforestan porque es más barato”, explica.

Nassar de Abiove minimiza el peligro. En su opinión, por más que la deforestación siga siendo un problema, lo es en mucho menor medida de lo que lo ha sido alguna vez. Según cifras ofrecidas por su asociación, la deforestación generada por la soja bajó de un 27% por hectárea sembrada que había entre el 2002 y el 2007 a un 7% durante los últimos cuatro años.

“Nosotros estamos a favor de que no haya más deforestación en la cadena”, explica Nassar. “Pero tenemos que verlo como un proceso de transición”.