Las cerezas de Chile, entre la escasez de agua y el cambio climático

Con exportaciones a China en crecimiento, las cerezas chilenas enfrentan desafíos ambientales

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Los cultivos de cerezas en Chile coinciden con el Año Nuevo chino, cuando es tradicional regalar fruta
(imagen: Garces Fruit)

El 11 de enero pasado se inscribió una nueva hazaña en el Guinness World Records. En la terminal internacional de cruceros del puerto de Shanghái, exactamente 24.638 cerezas chilenas fueron puestas una al lado de la otra para terminar formando, a su vez, dos cerezas gigantes. Esto se tradujo en el certificado de la construcción de la línea de fruta más larga del mundo.

Esto demuestra el gran boom de exportación de cerezas de Chile al país asiático, pero no es lo único que hace noticia. Al mismo tiempo, aparece la preocupación sobre el impacto que tendrá este explosivo aumento en un país que sufre de una escasez de agua.

Crecimiento

Según el anuario 2018 de la Asociación de Viveros de Chile, solo en 2017 se plantaron más de tres millones de plantas de cerezo en Chile, lo que corresponde a cerca de 3.340 hectáreas, sostuvo Jorge Valenzuela, presidente de Fedefruta (Federación de Productores de Fruta de Chile).

“Actualmente se proyecta que la superficie total alcance las 36.600 en todo Chile” afirmó.

85%

de las cerezas chilenas son exportadas a China

Según datos de la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias (Odepa), Chile ha triplicado su producción en los últimos diez años. Este aumento y el que el 85% de las cerezas vaya al mercado chino se debe principalmente al Año Nuevo chino.

“El rojo es signo de prosperidad y estamos en un periodo donde nosotros tenemos la producción, logrando así un match con su necesidad cultural de regalar fruta”, dice Felipe Borgoño, gerente de operaciones de Garces Fruit, la productora de cerezas más grande de Chile.

Jorge Valenzuela concuerda. “En esta década se ha desarrollado un consumidor chino exigente, que con su poder adquisitivo está dispuesto a darle valor a la calidad y a los altos estándares”, opina.

Esto último es resultado, en parte, de la campaña directa que ha realizado el país y los productores bajo el lema “Cherries from Chile”.

De diez cerezas que se producen en el hemisferio sur, nueve son chilenas, asegura Cristián Tagle, presidente del Comité de Cerezas de la Asociación de Exportadores de Frutas de Chile (Asoex).

chile cherry
image: Garces Fruit

Adaptación al clima

Los productores han empujado la busca de variedades más tempranas (de octubre a principios de noviembre) y más tardías (de fines de enero a febrero), cuenta Borgoño. “Para ello, hemos determinado los mejores patrones, o porta injertos, que se adaptan a las condiciones del suelo y del clima”.

En 2010 comenzó en Chile un programa de mejoramiento genético de las cerezas, organizado por productores, académicos y expertos.

Protegernos del clima es tema de todos los años, por lo que tratamos de abastecernos de lo último en tecnología

Pero ahora la fecha de cosecha no es la única necesidad, dice Marlene Ayala, académica de la Facultad de Agronomía de la PUC e investigadora parte del programa. El cambio climático está generando nuevas exigencias.

En noviembre de 2018 se produjo una granizada para la que nadie estaba preparado. “Eran del tamaño de pelotas de golf”, recuerda la investigadora. En una zona que no está acostumbrada a los granizos de esa envergadura -que abarcó tres regiones del país; O’Higgins, Maule y Ñuble, todas al sur de Santiago, la capital-, los productores perdieron cosechas, incluso árboles enteros.

“Protegernos del clima es tema de todos los años, por lo que tratamos de abastecernos de lo último en tecnología”, dice Joaquín Zamora, jefe de operaciones agrícolas de Garces Fruit. Para ello tienen hélices que moderan el efecto de las heladas y coberturas plásticas para el control de la humedad y de la lluvia. En la zona central del país utilizan productos para proteger los cultivos de la radiación solar.

Ayala agrega que la tendencia es trasladarse al sur, donde hace menos calor y hay más lluvias. Por ello, buscan variedades que se adaptan a las distintas condiciones climáticas del país.

“Si nos movemos al sur, estamos en busca de variedades que toleren la lluvia y las bajas temperaturas durante la maduración”.

A lo que hoy se enfrenta la cereza, así como también otros cultivos, es al aumento en las temperaturas durante la época invernal.

“Los cerezos requieren horas de frío acumuladas para que las yemas florales salgan del estado de dormancia y puedan florecer en primavera”, dice Elena Vidal, investigadora asociada del Instituto Milenio de Biología Integrativa iBio y académica de la Universidad Mayor.

A ello se suman las olas de calor que son cada vez más frecuentes en verano y que afectan a la producción siguiente. Pero también está el aumento en la radiación solar que genera daños en el árbol; quemaduras tanto en hojas como en frutos y desordenes fisiológicos.

Por ello no solo se están buscando variedades que extiendan el periodo de producción, sino también que sean más manejables en el contexto del cambio climático. “Árboles más pequeños, que requieran menos agroquímicos y que permitan huertos más tecnificados con riego por microasperción”, dice Marlene Ayala.

Problemas de agua

ras la polémica por el aumento de la producción de paltas para la exportación en Petorca, en la Región de Valparaíso, muy cerca de la capital del país, – que mermó la disponibilidad de agua para consumo humano en pos del cultivo- la cereza ha entrado en el foco de atención.

Si bien ONGs como Modatima advierten que las cerezas podrían ocasionar el mismo problema de las paltas, ello no está del todo claro aún.

Mientras que cada cerezo tiene menos impacto ambiental que otras frutas, los cultivos intensivos crean presión sobre el ambiente

A diferencia del cerezo, explica Elena Vidal, el palto es un árbol de hoja perenne, por lo que tiene necesidades hídricas anuales que pueden ser más altas. “Esto también conlleva un mayor requerimiento nutricional en cuanto a fertilizantes y de pesticidas”, agrega.

Ahora bien, continúa la especialista, “aunque individualmente un cerezo puede tener menor impacto ambiental, es el cultivo intensivo de estos árboles lo que presiona actualmente al medio ambiente”.

Marlene Ayala concuerda. Si bien el mayor consumo de agua del cerezo está acotado a la época de producción, que dura unos 70 días, el resto del año se sigue regando como el resto de los cultivos.

Pero si sigue aumentando el interés por el cerezo el problema podría ser otro. “Cualquier monocultivo va a ser un problema”, advierte la investigadora. No es el cambio, sino cómo se maneja.

Desde hace más de un año que la laguna de Aculeo, a unos 80 kilómetros de la capital, está seca. Los productores de cerezas fueron uno de los acusados como culpables por extracción ilegal de agua desde los acuíferos de la zona.