Tierra negra india: el legado de agricultura sustentable de la Amazonía

El suelo es el fruto del manejo de la tierra de poblaciones que vivían en la región hace más de dos mil años

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Un arqueólogo muestra un fragmento de cerámica encontrado en la tierra negra: el suelo amazónico es producto del manejo de la tierra por pueblos milenarios. Foto: Bruno Kelly

Un patrimonio milenario que fue dejado en medio de la selva amazónica por pueblos que habitaron la región entre dos y ocho mil años atrás está ayudando a garantizar la supervivencia de familias ribereñas y a promover la preservación de la biodiversidad a través de la agricultura sostenible.

Se denomina “tierra negra india” (en su versión original “terra preta de índio”, también conocida como TPI). La TPI es un suelo de coloración oscura, rica en calcio, magnesio, zinc, manganeso, fósforo y carbono. Su composición proporciona una gran fertilidad, un atributo poco común en la región amazónica, donde los suelos ácidos no son favorables para practicar la agricultura.

La tierra negra, contrariamente a lo que se pensaba hasta los años 1990, no es un fenómeno natural, sino un fruto del trabajo colectivo del hombre amazonense durante los últimos dos mil años o más. Este descubrimiento constituye más una evidencia que desafía la idea que imperó durante décadas, según la cual la Amazonia era una región pura, de pocos habitantes, antes de la colonización europea.

Investigaciones demuestran que los indígenas depositaban restos de materiales que utilizaban sus comunidades, tales como trozos de alfarería, en lugares específicos, los cuales, luego de miles de años, se descomponían, transformándose en tierra negra.

Su composición ofrece pistas sobre cómo el manejo de la tierra de poblaciones milenarias produjo tierras fértiles en un suelo que antes era poco favorable para la agricultura sin utilizar productos químicos modernos, o de “quemadas”, una técnica típica de la región, pero que contribuye para la deforestación.

“Tal vez esa sea una de las propuestas con las cuales la nueva ciencia pueda contribuir: usar la lección del paquete de tierra negra para mejorar la producción familiar de esas comunidades ribereñas de la Amazonía”, afirma Carlos Augusto Silva, arqueólogo y doctor en ciencias del medio ambiente.

Él explica que los sitios arqueológicos que contienen tierra negra india revelan que la población que habitó el lugar se preocupaba mucho por la sostenibilidad y por el impacto que podían tener los residuos generados por su estilo de vida.

“Las poblaciones aún siguen haciéndolo, en acciones que seguramente obtendrán resultados dentro de algunos miles de años más”.

Cosecha en medio de fragmentos de alfarería

El productor rural Marcelo Cunha Nascimento, 44, convive con la tierra negra desde la infancia. El suelo es un recurso que ayuda a evitar el período de la creciente de los ríos que se da entre junio y julio. Todos los años, las aguas enlodadas del río Amazonas penetran en sus plantaciones de col silvestre, banana y mandioca, en la comunidad de San Francisco Terra Nova, interior del Amazonas, donde él habita.

Es en esta época cuando su comunidad recurre a la tierra negra india en una superficie de algo más de dos hectáreas que queda en una parte más elevada del territorio, una de las pocas que no queda sumergida. Con ella plantan quiabo -también conocido como okra o quimbombo-, pepinillo y nuevos gajos de col silvestre, que serán trasplantados hacia el prado cuando el río baje.

“En ese período, durante el cual no se puede plantar en el prado inundado, nosotros tomamos la canoa y venimos a esta isla a plantar en esta tierra, que es más fuerte, no es necesario colocar abono ni hacer “quemadas”. Aquí, además de la tierra negra, en todos lados puedes encontrar trozos de alfarería, piedras, carbón”, cuenta Nascimento. “Pensamos que eso prueba que nuestros antepasados vivieron en esta tierra y la prepararon para que futuras generaciones la utilizaran”.

El productor rural Marcelo Cunha Nacimiento en su canoa en camino al área de roza de la comunidad. Foto: Bruno Kelly.

En el área que utiliza Nascimento, los indicios que los investigadores encontraron indican que estuvo habitada por humanos hace aproximadamente 2.500 años. Allí, la tierra agrocultivable se transformó en parte de un ecosistema, que ayuda a proteger.

“Los sitios arqueológicos que tienen suelo de tierra negra son laboratorios a cielo abierto que le sirven no solo al ser humano, sino a todos los animales y a la biodiversidad. Por ejemplo, aquí tenemos un banco de semillas que también alimenta a los animales”, explica el arqueólogo Silva. “La preservación del sitio de tierra negra india, por sí sola, garantiza la supervivencia de aquel ecosistema local”.

Reserva de carbono

El origen antropogénico, hecho por el hombre, también significa que la tierra negra sirve como un poderoso depósito de carbono, según explica Milton César Costa Campos, un científico de suelo de la Universidad Federal del Amazonas.

En promedio, la tierra negra consigue retener tres a seis veces más carbono que otros tipos de suelo, porque ha evolucionado para guardar carbono en forma de carbón – un residuo depositado por poblaciones antiguas que no se deteriora tan fácilmente como otras formas de carbono.

«Cuando dominamos la tecnología de construcción de las tierras negras, podemos usar la idea para incorporar en el suelo una reserva de carbono», explica.

 

Campos explica que hay investigadores analizando si es posible usar residuos de aserraderos para hacer tierra negra, en vez de, por ejemplo, hacer carbón vegetal, que podría ser quemado. Este desarrollo podría hacer un producto que emite carbono en uno que lo preserva. Además, la tierra negra podría ayudar a otros pequeños agricultores con suelos más fértiles, que no requieren uso de agroquímicos.

Sin embargo, su capacidad para guardar carbono implica cuidados. La tierra negra no puede ser usada en la agricultura intensiva (con cultivos como la soja), ya que eso la llevaría a emitir más carbono que otros suelos.

Todavía es necesario hacer investigaciones

La legislación brasileña prohíbe la comercialización, explotación y transporte de la tierra negra india, con el justificativo de que constituye un patrimonio arqueológico que debe preservarse.

Pero su reproducción todavía es imposible, porque gran parte de su origen sigue siendo un misterio, según explica la arqueóloga Ángela Araujo, 43, que se desempeña como investigadora voluntaria en el laboratorio de arqueología de la Universidad Federal del Amazonas (UFAM).

Ella dice que hay varias hipótesis que están siendo estudiadas para el origen de la tierra negra: podría ser una manera de adaptarse a los procesos de inundaciones y ríos secos, los restos de antiguas plantaciones, o incluso lo que queda de los sitios diseñados para la eliminación de residuos. «Existe un universo de hipótesis que la arqueología viene tratando de estudiar», afirma. «Y el perfil del suelo puede darnos una idea de lo que podría haber ocurrido allí».

La exposición del Laboratorio de Arqueología de la Universidad Federal del Amazonas, donde la arqueóloga Ângela Araújo trabaja. Foto: Bruno Kelly.

Análisis realizados en laboratorio en colaboración con botánicos y otros especialistas han revelado que en la composición de la tierra negra india hay muestras de semillas carbonizadas, huesos de animales tales como peces y tortugas, cáscaras de palmeras, orina, material lítico, fragmentos de cerámica -que ayudan a mantener la humedad del suelo- y hasta urnas funerarias, pero hasta el día de hoy ningún experimento ha logrado reproducir las mismas propiedades del material que se encontró en las áreas de ocupaciones amazónicas precolombinas.

Futuro en peligro

Mientras tanto, las investigaciones sobre el patrimonio arqueológico que pueden ayudar a rediseñar la historia de la ocupación humana en la Amazonía chocan contra la falta de recursos y dependen del trabajo de voluntarios para realizar excavaciones, análisis, identificaciones y para lograr el objetivo final de la investigación científica, que es exponer el conocimiento al público, en el Museo Amazónico de Manaos.

Dysson Teles, director del Museo Amazónico, afirma que la falta de recursos para investigar y proteger la tierra negra amenaza la misma existencia del ecosistema que lo rodea. La protección del territorio donde están ubicadas es insuficiente, y existe un déficit de profesionales capacitados para realizar estudios sobre el tema.

“Un pueblo sin historia es un pueblo sin memoria. Eso explica que es necesario preservar el patrimonio histórico, un patrimonio que, en cierto modo, fue producido por esta sociedad”, dice Teles, director del Museo Amazónico. “A medida que voy teniendo conocimiento de mi pertenencia a ese medio, puedo preservar cada vez más aquello, para las futuras generaciones”.