Incendios arrasan el delta del río Paraná en Argentina

Sequía extrema y falta de control gubernamental potencian los fuegos en un territorio bajo múltiples presiones productivas

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Brigadistas combaten el fuego en el delta del Río Paraná (imagen: Ministerio de Ambiente)

Desde que comenzó el año, más de 18 mil focos de incendios han arrasado buena parte de las ricas tierras del delta del río Paraná en Argentina, un humedal que alberga una biodiversidad única, que provee de oxígeno y agua potables a millones de personas y que es el gran aliado de la región para mitigar los efectos del cambio climático.

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del delta del río Paraná ya fueron destruidos por los incendios de este año

Los incendios, los más extendidos y prolongados al menos desde 2008, ya arrasaron con unos mil kilómetros cuadrados de territorio y se extienden a lo largo de un sistema de islas, lagunas y riachos de unos 320 kilómetros de largo y hasta 70 kilómetros de ancho. Las llamas afectan a la flora, la fauna, el suelo, el agua y el aire de la región.

Este año, la peor sequía en 10 años y una bajante del río nunca vista en más de 60 años generaron un escenario ideal para la multiplicación de los fuegos, una herramienta que suele usarse como método para “limpiar” el terreno por parte de productores ganaderos que buscan así quemar la vegetación seca del invierno y permitir la germinación de nuevas pasturas.

El abandono histórico del territorio por parte de los gobiernos potenció los cambios en el uso del suelo introducidos por la ganadería de Islas, que abandonó en parte la rica llanura pampeana por las islas del Delta empujada por el corrimiento de la frontera agropecuaria que generó el boom de precios de la soja a partir de 2005.

Pero no sólo hay ganado en el delta. La pesca industrial, los desarrollos inmobiliarios, la caza furtiva y la falta de capacitación en manejo del fuego en un contexto de sequía y bajante histórica generaron en pocos meses un escenario de desastre ambiental pocas veces visto en la zona.

Además de la destrucción de la naturaleza, el humo de las quemas ha provocado que varias grandes ciudades costeras como Rosario, San Lorenzo o San Nicolás hayan padecido jornadas con niveles de contaminación del aire hasta cinco veces por encima de lo permitido, según estudios publicados por la Universidad Nacional de Rosario.

Un ecosistema único que está en peligro

Las quemas en el delta del Paraná comenzaron a principios de año y tuvieron su pico en las dos primeras semanas de agosto, período durante el cual se registraron unos 7 mil focos, casi un tercio del total acumulado anual, según los reportes que cada semana elabora el museo de Ciencias Naturales Antonio Scasso de San Nicolás.

En los primeros ocho meses del año ya se han quemado al menos 900 kilómetros cuadrados según estimaciones de Greenpeace, una superficie equivalente a casi cinco veces la ciudad de Buenos Aires. Otras organizaciones como Naturalistas Santafesinos, en cambio, señalan que el daño es aún mayor y que al menos se incendiaron unos mil kilómetros cuadrados.

La evolución de los incendios forestales en Argentina (Image UNSAM)

Los efectos del fuego sobre el ecosistema son múltiples. Mortandad de animales, pérdida de hábitat natural para muchas especies, empobrecimiento de los suelos, contaminación del agua y del aire e incidencia en las emisiones son algunos de esos impactos que alteran el equilibrio vital de las más de 700 especies de plantas y animales que habitan este humedal.

Según Graciela Klekailo, especialista en ecología vegetal de la Universidad Nacional de Rosario, existen diferencias en la forma en la cual las quemas afectan a la flora y fauna. “Durante los incendios las aves son menos afectadas que los anfibios y los reptiles, que se mueven menos rápidamente o no logran escapar”, dijo, para agregar que incluso las aves sufren impactos porque se destruyen los lugares donde anidan, se reproducen y encuentran su alimento.

La ganadería en la mira

Una de las producciones que más vinculada está al uso del fuego en el delta es la ganadería de Islas, una actividad muy antigua que tuvo un importante salto de escala en la primera década de este siglo por la expansión de la frontera agropecuaria, ya que el boom del precio de la soja “empujó” al ganado de la tierra firme a zonas inundables.

“Hacia el año 2007 hubo un pico de cabeza de ganado en el humedal llegando a 1,5 millón, por el corrimiento de la frontera agrícola en territorio firme y gracias a varios años de caudal del río estable” explicó Ernesto Massa, ingeniero agrónomo del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (Inta).

Eso cambió a partir de la segunda década de este siglo. Inundaciones más frecuentes asociadas a la mayor variabilidad climática que trae el cambio climático y peores precios para la hacienda generaron un retiro de cabezas. En la actualidad, según Massa, sólo subsiste entre un 30 y un 40% de ese millón y medio que marcó el pico de la ocupación de las islas con ganado vacuno.

¿Son los productores ganaderos quienes más incendian la Isla par regenerar pasturas? El experto cree que no hay una respuesta simple, ni un solo responsable al desastre ambiental de este año. “Hay un poco de todo, es un territorio de una enorme complejidad y en el manejo puede haber lugar para el fuego, que ya usaban las culturas aborígenes por ejemplo”.

Massa estimó que existen “muchos intereses cruzados en un año muy particular” desde lo natural, al existir sequía y bajante que generaron una acumulación excepcional de biomasa seca altamente inflamable. “Los humedales fluviales son ecosistemas con una altísima productividad de biomasa, la combinación de río bajo y bajas temperaturas no ayuda, estamos en un período de una fuerte anormalidad ambiental”.

La solución, según su razonamiento, pasa por evitar las simplificaciones, “dejar de pelearse” e insistir para el Estado reconozca una problemática en la cual se mezclan productores, pescadores, turistas y cazadores: “Hay muchos usuarios del territorio en el Delta, hay que prestarle atención a múltiples factores”.

También explicó que “con el fuego hay que convivir ya que es imposible extinguirlo”, algo que ubicó más en el plano de una exigencia cultural humana que como un peligro para el ecosistema. “Hay que trabajar en prevención y no sólo en supresión, que es carísimo. No alcanza con hacer una reserva, el estado tiene que invertir y capacitarse”, concluyó.

Movilización social y una ley de Humedales

Las imágenes de llamas y columnas de humo que casi a diario pueden verse desde la costa de las provincias de Santa Fe, Entre Ríos y Buenos Aires (las tres regiones que comparten el delta) generaron una fuerte reacción social que obligó a los gobiernos nacional y locales a intervenir para intentar apagar los incendios con operativos que incluyen avionetas, helicópteros y brigadistas.

La presión social también aceleró los tiempos legislativos, lo que llevó a que ya comenzara en ambas cámaras del Congreso de la Nación el debate de ocho proyectos diferentes de Ley de Humedales, una herramienta legal que permitiría avanzar en la planificación del uso del territorio tal como ya ocurrió con la Ley de Bosques o la Ley de Glaciares.

“Creo que el debate legislativo es lo único bueno que sale de esta catástrofe. Es importante que se abra la discusión aún si ya llegamos tarde para el caso del Delta, ya que existen muchos otros humedales en Argentina que todavía pueden ser preservados” dijo Victoria Dunda, abogada e integrante del colectivo El Paraná No Se Toca, una de las organizaciones ambientalistas que más ha batallado para instalar el tema en la agenda pública.

Dunda explicó que esta legislación podría darle a los humedales una protección legal que hoy no tienen al reconocerlos como ecosistemas propios, así como ayudaría a avanzar en planes de ordenamiento territorial para saber qué tipo de actividad puede hacerse en cada porción del territorio. “No va a solucionar todos los problemas de inmediato, pero siempre es mejor tener esta herramienta que no tenerla ya que se trata de ecosistemas que merecen tener una protección específica para mantener sus servicios ecosistémicos”.