Paneles solares sacan a comunidades amazónicas de la oscuridad

China abarató la tecnología para sistemas solares, que contrastan con las grandes obras de la región

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Casas con paneles solares en la Reserva Extractiva Verde Para Siempre. (Imagen: Órigo Energia)

Los habitantes de la reserva extractivista Verde Pará Siempre, en el estado de Pará en la Amazonía brasileña, protestaron todo lo que pudieron contra la superlínea de Tucuruí, una inmensa línea de transmisión eléctrica instalada en parte por empresas chinas, que pasaba por sobre sus cabezas para conectar una hidroeléctrica recién construida con grandes ciudades de la región.

Afirmaban que la superlínea ocasionaba deforestación y contaminación. Pero, mucho más que eso, la superlínea los ignoraba. Al depender de generadores a diésel, los habitantes de la reserva vivían en la oscuridad. Y en ese estado permanecieron, incluso después de que la enorme hidroeléctrica de Belo Monte fuera construida a pocos kilómetros de la reserva.

* Belo Monte - 9.400 MW
* Teles Pires - 1.820 MW
* Jirau - 3.750 MW
* Santo Antônio - 3.568 MW
* Tucuruí - 8.535 MW

Finalizadas as grandes obras, nenhuma linha de transmissão chegou à Verde Para Sempre. Mas um plano de compensação ambiental atrelado a um dos projetos revolucionou a vida dos moradores ao financiar a instalação de milhares de painéis solares – ao menos em parte importados da China.

Actualmente, los más de 15 mil habitantes de la reserva extractivista, o Resex, fueron beneficiados por el mayor proyecto de construcción e instalación de sistemas solares del país, que se inició a fines de 2017.

Luego de la finalización de las grandes obras, ninguna línea de transmisión llegó a Verde Pará Siempre. Pero un plan de compensación ambiental atado a uno de los proyectos revolucionó la vida de los habitantes al financiar la instalación de miles de paneles solares, de los cuales por lo menos una parte fueron importados de China.

Proyectos como el de Verde Pará Siempre sólo pueden llevarse a cabo debido a la enorme reducción que experimentaron los precios de los paneles solares que encabezan inversiones chinas. Sólo en Brasil, el precio de la tecnología cayó un 80% en los últimos diez años.

La experiencia de la Resex muestra el contraste que existe entre los diversos impactos que ofrece el crecimiento chino en el mundo. Si por un lado, su inversión en tecnología posibilita la expansión de tecnologías limpias a precios bajos, por el otro, forma parte de enormes proyectos de inevitable impacto ambiental, tales como las gigantescas torres de transmisión construidas por la empresa China State Grid como parte de la superlinea de Tucuruí.

Hubo años de negociación sobre cuál sería el modelo más favorable para Resex hasta que llegaron los paneles solares. Inicialmente los habitantes pedían que las comunidades fueran conectadas a las grandes líneas de transmisión, según cuenta Ângelo Mallet, jefe de Resex, ubicada en el municipio de Porto de Moz, en el estado de Pará.

“A pesar de que la hidroeléctrica de Belo Monte y sus líneas de transmisión hasta pasaban por el interior de la Resex, los moradores de la reserva seguían a oscuras”.

Pero finalmente se impusieron los paneles solares.

“El hecho de salir de la oscuridad, de tener energía las 24 horas del día, sin ruido, sin contaminación sonora y sin perjudicar el medio ambiente hizo que toda la inversión valiera la pena”, dice.

Revolución solar

Hoy en día, proyectos como el de Verde Pará Siempre salpican municipios de la Amazonía brasileña, donde se encuentra el 70% de las 500 mil familias brasileñas  que todavía son clientes de distribuidoras de energía eléctrica.

Según datos de la Agencia Nacional de Energía Eléctrica (ANEEL), actualmente existen más de 2 mil puntos de microgeneración solar en la Amazonía, constituyendo alternativas limpias a grandes y controvertidos proyectos de infraestructura como el de Belo Monte y Tucuruí.

Placas solares abastecen un laboratorio de diagnóstico de malaria y hacen posible que jóvenes y adultos de la reserva Amanã, del Amazonas, asistan a clases nocturnas. En el Territorio Indígena del Xingú, en el Mato Grosso, sistemas fotovoltaicos generan energía renovable en escuelas, puestos de salud y sedes de asociaciones comunitarias de 65 comunidades.

Este año fue el turno de José Pancrace, quien vive en la región de Anavilhanas, en la Amazonía, que fue beneficiada por un proyecto de apoyo de la Fundación Amazonas Sostenible.

José y su familia en Anavilhanas. (Imagen: Liane Lima/FAS)

José cuenta que le entregaron un kit solar hace solo un mes y, por primera vez en la vida, pudo ver televisión sin el ruido del generador, tomar agua helada en casa y refrigerar el pescado para comerlo al día siguiente.

“La comunidad gastaba 360 reales por mes para tener energía de las 18 a las 21 horas. Toda la caja de la asociación de moradores se utilizaba para costear el funcionamiento del generador”, recuerda. “Ahora no pagamos ni un centavo”.

La energía posibilita la instalación de pequeños comercios y refrigerar el pescado reduce los costos de la pesca, que es la actividad principal de muchas comunidades ribereñas de la región.

“El proyecto tiene que ver con el empoderamiento de esas comunidades, con la participación de sus miembros en la creación de esta solución y con su capacitación en el armado y manutención de dichos sistemas”, explicó Liane Lima, supervisora científica de la fundación.

Capacidad solar aumentada

Datos provistos por la Asociación Brasileña de Energía Solar Fotovoltaica (Absolar) revelan que la generación fotovoltaica distribuida -es decir, los pequeños sistemas de distribución independientes de las grandes distribuidoras- se duplicó en Brasil solamente en los últimos seis meses.

De aproximadamente 50 mil sistemas que había a fines de 2018, el número dio un salto para más de 100 mil en junio de este año, con el abastecimiento de 116 mil unidades consumidoras, dos tercios de las cuales son residenciales.

En la actualidad, Brasil ocupa el onceavo lugar en el listado de los países que más invirtieron en energía solar fotovoltaica el año pasado, ranking liderado por China. Brasil acumuló una capacidad instalada de 2,4 GW, pero la energía solar todavía representa apenas un 1,36% de la capacidad brasileña.

Los paneles solares se instalan en la reserva Verde Para Sempre. (Imagen: Fuente de energía)

Invertir vale cada vez más la pena. Según la Absolar, en un sistema que posee una vida útil de 20 años, mientras que en 2012 el consumidor comenzaba a obtener un rendimiento luego de pasados de 10 a 12 años, en la actualidad ese rendimiento llega en un lapso que va de 5 a 6 años.

Esa expansión de las energías renovables hizo que la importación de módulos renovables en Brasil aumentara un 32% durante el primer semestre de este año en comparación con 2018, en un mercado dominado por las empresas chinas Jinko, BYD, JÁ Solar y Trina.

Siguiendo los pasos de China

La expansión de los modelos de generación de energía solar fotovoltaica en Brasil, que reemplazan sistemas más onerosos y contaminantes, como los generadores a diésel, sigue una tendencia iniciada por China. A pesar de ser responsable por el 28% de las emisiones de gases de efecto invernadero globales; en China las usinas generadoras de energía eléctrica a carbón vienen perdiendo terreno ante las fuentes de energía solar y eólica.

En abril de 2016, la Administración Nacional de Energía china dio inicio a un plan cuyo objetivo era instalar paneles solares en las comunidades rurales más pobres del país, esperando beneficiar a 2 millones de hogares.

Inversiones de ese tipo también han sido encabezados por China en el sudeste asiático. Por ejemplo, en el pueblo de Bayar Khon, del centro de Myanmar, 350 familias dependían del carbón y de la leña para cocinar antes de tener paneles solares.

David y Goliat

El proyecto de Verde Para Sempre, ubicado bajo la superlínea, tuvo un costo de 62 millones de reales, una migaja si se compara con los 30.000 millones de reales que succionó Belo Monte del erario brasileño.

El proyecto le garantiza a cada una de las familias una oferta de 45 Kw/hora, lo que es suficiente para encender luces, escuchar la radio, cargar el celular y la computadora, ver televisión y mantener un refrigerador.

Según el gobierno federal, el reemplazo de la matriz energética redujo en promedio unos 12.500 litros de diésel y de gasolina que eran utilizados semanalmente por las comunidades.

Eso significaba que la población local comprometía una buena parte de sus ingresos mensuales en la manutención de generadores a diésel que les garantizaban no más de cuatro horas diarias de energía.

Casa en Anavilhanas. (Imagen: Liane Lima/FAS)

Más allá del alto costo, esos sistemas aislados -que hoy en día todavía proveen energía a más de 3 millones de brasileños, la mayor parte de ellos en la Amazonía-, emiten 3 millones de toneladas de CO2 hacia la atmósfera por año, más que la flota de automóviles de la ciudad de San Pablo, según un informe del Instituto de Energía y Medio Ambiente (IEMA).

Habitante de la comunidad Nuestra Señora del Perpetuo Socorro del Rio Arimum, del interior de Verde Pará Siempre, Margarida Ribeiro da Silva, 51, paga 27 reales por mes para tener 24 horas de energía “limpia” en su casa proveniente de las placas solares que “cultiva” en el jardín de su propiedad, en los márgenes del río, según nos cuenta.

Pero todavía se acuerda del tiempo en el que los habitantes tenían que desembolsar hasta 300 reales por mes para tener energía de las 19 a las 21 horas.

“Antes de que llegara la energía solar, teníamos que pagar caro para prácticamente no tener energía”, cuenta. “Yo no tenía heladera, salábamos los alimentos para conservarlos para el día siguiente”.

Eso también afecto la salud de los ribereños. Margarida cuenta que, desde que empezaron a implantar placas solares en las comunidades, los casos de hipertensión y diarrea vienen cayendo, que ahora ya no necesitan salar los alimentos para conservarlos y pueden almacenar agua potable en forma adecuada.

Ahora se puede lavar ropa con un lavarropas, en lugar de contaminar el río, y los niños pudieron estudiar de noche. Pero, tal vez, sobre todo, los habitantes se conectaron al mundo.

“Pasamos a tener comunicación con otras comunidades a través de la internet”, recuerda Mallet, jefe de la Resex. “Antes vivíamos aislados del mundo”.